Saberes y prácticas. Revista de Filosofía y Educación, ISSN 2525-2089

Paisajear: un método cartográfico para ir tras las educaciones (otras) que se producen en una planta de producción

Paisajear: a cartographic methodology to persue the educations (others) produced inside a factory


Edilberto Hernández González

Universidad de San Buenaventura, Colombia.

edilberto.hernandez@usbmed.edu.co

Teresita Ospina Álvarez

Universidad de San Buenaventura, Colombia.

teresita.ospina@usbmed.edu.co

Leidy Yaneth Vásquez

Universidad de San Buenaventura, Colombia.

lyaneth.vasquez@udea.edu.co

 

Recibido: 24/03/2020

Aceptado: 29/07/2020

 

Resumen. En el presente artículo nos ocupamos del proceso de conceptualización epistemológica y experimentación-creación del método cartográfico que hemos denominado paisajear; el mismo que se configuró en el contexto de la investigación Cartografías de una educación (otras), la cual se llevó a cabo en una planta de producción de materiales educativos de la ciudad de Medellín, Colombia. El método referido, desplegó una serie de acciones encaminadas a crear paisajes geográficos y existenciales, que posibilitaron comprender la manera como los cuerpos hacen presencia en el paisaje de la planta de producción. Entre los resultados de su desarrollo se destaca la percepción de un movimiento que envuelve los cuerpos sobre sí mismos, otro doblez que envuelve los cuerpos y las máquinas en una expansión simbiótica. Percibimos igualmente, movimientos que se expandían, por un lado, desde la planta hacia lugares geográficos: la casa, la escuela de los hijos, y el centro de salud; y por otro, hacia lugares existenciales: fragmentos de experiencia del pasado, obligaciones con el grupo familiar e ilusiones en torno de la realización de algún proyecto propio.

Palabras clave. Investigación cartográfica, Errancia, Movimientos, Paisajear; Educación (otras).

 

Abstract. In this article we deal with the process of epistemological conceptualization and experimentation-creation of the cartographic method that we have called Paisajear; this was configured in the context of the research: Cartographies of an Education (others), which was carried out in a plant for the production of educational materials in the city of Medellín, Colombia. The mentioned method deployed series of actions aimed at creating geographical and existential landscapes, which made it possible to understand the way bodies are presence in the landscape of the production plant. Among the results of its development stands out the perception of a movement that wraps the bodies around themselves and another fold that surrounds the bodies and machines in a symbiotic expansion. We also perceived movements that expanded, on the one hand, from the plant to geographical places: the house, the children's school, and the health center; and on the other, towards existential places: fragments of past experiences, obligations with the family group and illusions around the realization of some own project.

Keywords: Cartographic investigation, Errancy, Movements, Paisajear; Education (others).


Introducción


Presentamos en este texto la conceptualización epistemológica, la configuración y despliegue de un método de investigación, que posibilitó cartografiar y problematizar lo educativo por fuera de la escuela, entendiendo que esta, en tanto institución agencia un discurso que le ha autorizado para decir de lo educativo, de acuerdo con unas prácticas y lenguajes de funcionamiento instaurados históricamente. Sin embargo, lo educativo en tanto experiencia no se circunscribe a una etapa de escolarización, al contrario, esta transita y configura las maneras de relacionarnos cotidianamente. Es así como, nuestras inquietudes nos pusieron en relación con la singularidad de un grupo de operarias en la planta de producción y, al mismo tiempo, con unas maneras colectivas de relación.

El método de investigación, allí compuesto fue denominado Paisajear, expresión con la cual designamos un conjunto de acciones referidas a crear paisajes geográficos y existenciales, esta expresión,

no corresponde a un término de uso reconocido en castellano y con él nos proponemos dar vida a un entramado de acciones y afecciones en el contexto de la investigación Cartografías de una educación (otras). Paisajear, paisajeo, paisajeante, nos lleva a pensar en una serie de variaciones verbales, esto es, acciones de tiempo (paisajeo, paisajeé, paisajarearé); de voz (paisajea); de aspecto (he paisajeado, paisajeaba); de modo (paisajeas); de número (paisajeo, paisajeamos); y funciona también como gerundio (paisajeando), en ocasiones también como adjetivo (paisajeado). (Ospina; Hernández & Farina, 2019, p. 185)

Como ya indicamos la configuración de este método estuvo articulada a la investigación Cartografías de una educación (otra)[1], cuyos propósitos se centraron en la idea de “recorrer lo educativo que sucede en los intersticios de las arquitecturas espaciales, temporales y corporales de un grupo de veinte personas que se desempeñan como operarias(os), en una planta de producción de materiales educativos” (Ibidem, p. 181).

Ahora bien, a propósito de la configuración de un método para el abordaje de un problema de investigación, Mieke Bal (2009), en la introducción de su libro Conceptos viajeros en las humanidades, reitera,

que no se trata de aplicar un método, sino de provocar un encuentro entre varios métodos, un encuentro del que participa también el objeto, de modo que el objeto y los métodos se conviertan juntos en un campo nuevo, aunque no firmemente delineado (p.11).

En ese mismo sentido, la filósofa española María Zambrano (1986), en Claros del Bosque, considera que el método de investigación debe hacerse cargo de la vida y de aquello que en la vida acontece; sugiere que el mismo sea pensado como un encuentro, uno con el cual se dé comienzo a una vida nueva, íncipit vita nova; al respecto, la autora escribe:

Un método surgido de un «Incipit vita nova» total, que despierte y se haga cargo de todas las zonas de la vida. Y todavía más de las agazapadas por avasalladas desde siempre o por nacientes. Un método así no puede tampoco pretender la continuidad que a la pretensión del método en cuanto tal pertenece. Y arriesga descender tanto que se quede ahí, en lo profundo, o no descender bastante o no tocar tan siquiera las zonas desde siempre avasalladas, que no necesariamente han de pertenecer a ese mundo de las profundidades abisales, de los ínferos, que pueden, por el contrario, ser del mundo de arriba, de las profundidades donde se da la claridad (p. 125).

Bal (2009), y Zambrano (1986), pues, coinciden en la importancia de pensar los métodos de investigación en conexión con la existencia, con la experiencia de los investigadores y de aquellos con quienes nos aventuramos en el ejercicio de investigar; de manera que, lo existencial se torna relevante como una revelación poiética, fuerza creadora, que se resiste a la repetición.

Asumir de esta manera el método de investigación, nos exigió apertura, re-conocimiento y salida de lo habitual; forzarnos a percibir cómo acontece la producción de las subjetividades en las acciones cotidianas, comprender las maneras en que la formación acontece por fuera de la institucionalidad escolar, esto es en la experiencia de trabajar, conversar, habitar, como lo ha planteado Michel De Certeau (2000); en este mismo orden de ideas, Deleuze y Guattari (2004), invitan a mirar la exterioridad de las relaciones, las articulaciones y los puntos de fuga que se presentan como movimientos de desestratificación; cuestión que en sus propios términos, es: “hacer pasar y circular partículas asignificantes, intensidades puras, de atribuirse los sujetos a los que tan sólo deja un nombre como huella de una intensidad” (Deleuze y Guattari, 2009, p.10).

Siguiendo esta perspectiva nos interesamos, pues, por cartografiar unas prácticas donde la cotidianidad de los cuerpos, sus modos de relación con aquello que les rodea y, las formas de comprensión de sí mismos están implicadas, en este sentido, las formas de aparecer que adoptamos, las maneras como contamos a los otros lo que nos pasa, producen y transforman las subjetividades constantemente. Frente a estas realidades la cartografía se abre sitio a la configuración de intervenciones y participación que dejan un amplio espectro a la improvisación.

La cotidianidad es, entonces, el lugar para esas intensidades vinculadas a la producción subjetiva, y que, en el caso de nuestra investigación, dicha cotidianidad fue una planta de producción; escenario donde vibraron esas fuerzas vitales que De Certeau (2000), sitúa en torno de nociones como marginalidad o cultura popular. Así pues, encontrar maneras de investigar la cotidianidad y desde ella misma, produjo otras posturas subjetivas, ya que las prácticas de crearse una vida, trazar huellas de intensidades, implica devenir en otros, crear-se, producir-se, en espacios que cruzan y sobrepasan las fronteras de la institucionalidad. En este sentido, ocuparnos de los pequeños acontecimientos de una planta de producción se tornó interesante porque, como lo afirma Nietzsche, hemos despreciado los asuntos pequeños e importantes de la vida, por lo que es preciso: “[…] comenzar a cambiar lo aprendido. Las cosas que la humanidad ha tomado en serio hasta este momento no son siquiera realidades, son meras imaginaciones o, hablando con más rigor, mentiras nacidas de los instintos malos de naturalezas enfermas” (Nietzsche, 2017, p.69).

Así, las cosas, proveernos de un método de investigación en proceso, fue acercarnos a los micro universos de la cotidianidad; por lo tanto, el método que vamos a presentar, entonces, se encuentra articulado a las reflexiones y producciones sensibles construidas en el escenario de las filosofías de la diferencia, panorama en el cual se sitúa el pensamiento de Friedrich Nietzsche, Henri Bergson, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari entre otros; filosofías que, además, han dado fundamento a la cartografía y al campo de la investigación-creación. Este horizonte conceptual nos abrió múltiples posibilidades para la inmersión en la planta de producción, la experimentación y la generación de intersecciones epistemológicas; en este sentido, la cartografía se tornó experiencia de producción de realidades, de conocimiento y de subjetividades; en este contexto, la cartografía, más que un modelo establecido con antelación para proceder en la investigación, propuso la creación de rizomas, la articulación de líneas existenciales a través de las cuales transitamos la planta de producción. A este respecto, Suely Rolnik, (1989, p.1) considera que los “paisajes psicosociales son también cartografiables”, de manera que esas tramas subjetivas que circulaban por la planta de producción fueron territorios prósperos para la experiencia cartográfica.

Es así como la investigación, nos planteó, innumerables retos, entre ellos, irrumpir en el universo laboral de una planta de producción, sustrayéndonos teórica y epistemológicamente de los discursos de la sociología, de la psicología del trabajo, y de la descripción etnográfica, para dirigirnos y permanecer en ella, forzándonos a realizar trazos sensibles que posibilitaran hacer de la cotidianidad un paisaje geográfico y existencial. Este paisaje, entonces, nos convocó a plantearnos nuestro propio modo de cartografiar el acontecer cotidiano en un ámbito no escolar, lo que posibilitó, además, el despliegue de un pensamiento sensible en relación con unos espacios laborales que fueron el territorio donde suponíamos acontecían experiencias de educación (otras), y se producían formas subjetivas del transcurrir de la formación.

Cartografiar una educación (otras), nos lanzó hacia la construcción de lugares epistémicos diferentes de aquella educación concebida como dinámica de relación centrada en la transmisión y la apropiación de unos conocimientos adscritos a un espacio determinado, sea este, la institución educativa, el colegio o la universidad; ir tras una educación (otras), nos puso frente la decisión de autorizarnos la diagramación de unas cartografías de lo educativo que se compusieran de espacios vibrantes, imágenes orgánicas, gestos intempestivos, relaciones de fuerza, movimientos por los mapas de la ciudad, circuitos de afectos, tensiones entre la intimidad y la exterioridad, pliegues corporales y reflexiones (otras); todo esto nos condujo a la creación de un método propio, que se ocupara de mapear la planta de producción, en tanto “territorios existenciales -que implican Universos sensibles, cognitivos, afectivos, estéticos, etc.- y esto, en áreas y por períodos de tiempo bien delimitados” (p.5) como lo sostiene Guattari (2000); un paisaje geográfico y existencial, en el cual un grupo de personas, mujeres en su mayoría, que se ocupaban de diseñar, imprimir y encuadernar material educativo.

La planta de producción se constituyó en nuestra investigación en un espacio singular, un paisaje micropolítico, referido “tanto al deseo del individuo, como al deseo que se manifiesta en el campo social en su sentido más amplio” (Guattari, 1995. p.154), de modo que la singularidad no está dada por las diferencias con la escuela; tampoco porque los investigadores no hubiésemos habitado con anterioridad una planta de producción, sino porque allí se pusieron en circulación intensidades, produjeron otros modos de transitar la cotidianidad de ese lugar, de la ciudad y de la vida misma; esto es, justamente lo que determinó la creación e implementación de un método que nos permitió experimentar las multiplicidades de la experiencia de la formación de los cuerpos; habilitar preguntas para escuchar los quejidos diarios de la cadena de producción; olfatear la rutina de la jornada laboral; ver y rastrear el desenvolvimiento de los salarios; sentir y percibir las afecciones que desgastan los cuerpos y las máquinas; medir y tocar el espesor de la respiración y las palabras que caen al cortar, doblar, plegar y empacar los materiales escolares allí producidos, y finalmente, empapar el cuerpo con los signos y gestos de lo que (nos) pasa con lo educativo en este lugar.


1. Cartografía y rizoanálisis: trazos teóricos que sustentan el método


Seguir el rastro a la cartografía, al rizoanálisis, la investigación basada en las artes (Hernández, 2008), y otras perspectivas metodológicas derivadas de las filosofías de la diferencia, nos puso por delante un horizonte complejo e incierto, cuando pensábamos en la manera de proceder en este contexto singular de investigación; ¿dónde se encontraban las pistas para construir la manera de ocuparnos de aquellos movimientos, vibraciones y agitaciones de lo educativo, que suponíamos circulan por una planta de producción?

En este sentido, hilvanábamos pensamientos, merodeábamos la planta de producción, en cuanto “mapa que debe ser producido, construido, siempre desmontable, conectable, alterable, modificable, con múltiples entradas y salidas, con sus líneas de fuga”, (Deleuze y Guattari, 2009 p. 26); por tanto, los mapas vislumbrados y construidos, tendrían pues, que permanecer abiertos, apenas iniciados, con la suavidad necesaria para adaptarlos a cualquier rugosidad, armables y desarmables en los encuentros. Estos mapas con los cuales nos orientaríamos, no demarcaban localidades, solo líneas de errancia, (Deligny, 2015) que seguían unas veces, las corrientes que fluyen por la superficie y otras las corrientes subterráneas.

Los conceptos cartográficos que pusimos en movimiento en nuestra invención metódica, impulsaron la demarcación de pequeños y sutiles puntos de entrada y de salida, para que, en el medio, es decir, en los encuentros con las personas y grupos de personas de la planta de producción, el acento estuviera puesto en la improvisación, en tanto manera de construir la experiencia misma de investigación; al respecto la profesora Cynthia Farina, indica que:

La improvisación puede ser una forma de cuidado de esas experiencias, de cuidado de las imágenes e ideas con las que entramos en contacto. Puede ser una actividad formal que nos permita producir maneras de actuar con las cosas que nos pasan y solicitan nuestra atención. (2006, p.13).

Pensar la posibilidad de cartografiar una planta de producción, a la par de la composición de los mapas para guiarnos en tal experiencia, significó también, indagar la producción del cuerpo del investigador, un cuerpo que devenía cartógrafo errante; esto significó, localizar algunas coordenadas para entender el habitar desde la errancia, no desde lugares fijos, que condujeran a la interpretación convencional de categorías o bien, al análisis de representaciones de orden sociocultural. En nuestro caso estábamos interesados en la constitución de territorios epistemológicos para la pregunta por los cuerpos que son afectados en la investigación.

Nos encontrábamos, pues, transitando parajes fangosos, esos que se precipitan a cada paso; obviamente no se trataba de las tierras firmes de esa investigación cualitativa edificada desde las técnicas para la recopilación de datos e interpretaciones de los mismos; esas tierras, las habíamos abandonado hace ya un buen tiempo y estamos ahora en la línea oceánica del afuera (Deleuze, 2015); en ese universo donde la quietud se hacía difícil, ya que ese medio tampoco era suficientemente líquido como para permitirnos flotar. De manera que poco a poco fuimos aprendiendo a deslizarnos y sumergirnos de vez en cuando, y cuando estábamos a punto de ahogarnos en las aguas vivas de la cartografía, aparecían corrientes de agua cálida que nos obligaron a componer ciertas formas de proceder metodológicamente en la investigación.

En estas circunstancias, la pregunta no era solo recurrente, sino pertinaz: ¿cómo investigar en educación por fuera del territorio de lo –institucional– en el cual se la ha plantado y dejado echar raíces? ¿Cómo investigar acerca de algo que es fluido y se desplaza permanentemente? En esta búsqueda, la cartografía nos aportaría importantes claves para concebir nuestro método de investigación; ya que configurar líneas aéreas posibilita movimientos, como lo señalan Deleuze y Guattari (2009), en el sentido que cartografiar es para ellos, armar mapas en los que se puede entrar por donde se quiera, y trazar rutas posibles. Mapas que no precisan tierra, tal vez aguas fluctuantes, o aire, para seguir trazando sobre lo moviente. Esto implica, necesariamente, cambiar las maneras de nombrar, experimentar con los conceptos para hallar formas diferentes del pensamiento, de la escritura y del estar en la cotidianidad. De esta manera la cartografía nos permitió des-velar ciertos aspectos de la investigación en educación desde la sencillez de la producción en el cotidiano. Entonces, si velar es custodiar -y bien lo han hecho las prácticas y los discursos de la educación-, ¿qué tipos de errancias se requieren para des-velar, dejar de custodiar, plegar las velas y aventurarse a un viaje cartográfico, por una planta de producción?

Des-velar en tanto, invención de un método cartográfico, le plantea cuestiones nuevas a la investigación; entre ellas, atravesar líneas sin los rumbos que a veces fijan las velas; de manera que los pliegues cartográficos, posibiliten acompañar procesos, además de ponernos en presencia para estar atentos a lo que acontece. En estos movimientos de tensión, la cartografía propone el acercamiento a lugares que no solo, desacomodan los saberes que tenemos de lo educativo, sino justamente, las maneras de producir esos saberes.

Producir líneas cartográficas, “en las cuales el deseo se atasca o se mueve hacia el horizonte de su línea abstracta” (Deleuze, 2007, p.37), se convierte en una creación, ya no en una copia. En este caso, habitar la cotidianidad de una planta de producción, implicaría una reflexión cuidadosa en la manera como el investigador se sitúa en ese lugar del dejarse llevar por la fuerza de lo que acontece, configurar mudanzas del pensamiento, mientras se crea el camino; “O desafio é evitar que predomine a busca de informação para que então o cartógrafo possa abrir-se ao encontro” (Kastrup y Passos, 2009, p. 57)[2]. En este sentido, la autora, agrega que este tipo de investigación trata de “desenvolver o método cartográfico para utilização em pesquisas de campo no estudio da subjetividade se afasta de objetivo de definir um conjunto de regras abstratas para serem aplicadas”[3] (Kastrup, 2009, p. 32).

En localidades, diferentes a Brasil, también se están desarrollando investigaciones sustentadas en la cartografía; en algunas de ellas se retoma a Deleuze y Guattari para hablar de rizoanálisis como método, en el marco de lo que se ha llamado investigación postcualitativa. Autores canadienses como Bryan Clarke y Jim Parsons (2013) proponen, desde el pensamiento y la investigación rizomática, el despliegue de una agencia personal para ver la investigación como multiplicidad; al respecto de ello, los autores sostienen:

Research also becomes a symbolic construction of self as the researcher gains agency and comes to selfidentify and act as a researcher. Thus, the activity of conducting research shapes the lives and identities of those forging the constructions (doing the research). In other words, research is always more than research, because it is conducted and constructed by people who (by doing research) engage in the complex challenge of symbolic meaning-making and identity-building, informed by changing life narratives[4] (p. 36).

Clarke y Parsons (2013), encuentran en el rizoanálisis la posibilidad de producción simbólica de nuevas narrativas, sin embargo, de la cita anterior, lo que más llama nuestra atención es esa anotación, que el método de investigación, también produce a los investigadores. A propósito, estos autores definen al investigador de rizomas como un nómada que lleva a cabo seis acciones, tal como se puede observar en la Figura1:

Figura 1: Elaboración de los autores, a partir de Clarke y Parsons. (2013, p. 36)

 

En tal caso, corresponde al investigador de rizomas ocuparse de la incertidumbre, atender lo que va pasando y permanecer en condición de desarraigo; lo que sería, en palabras de Deleuze y Guattari (2009), una experiencia de desterritorialización, la cual es una de esas acciones complejas, toda vez que desencuaderna la percepción habitual de la realidad y de las cosas, para instaurar el asombro, una mirada distorsionada, un iris que forma rizomas nuevos. A partir de las elaboraciones conceptuales de estos autores, generamos resonancias que nos alentaron a pensar en nuestros propios caminos, a inventar nuestra manera de deambular por la planta de producción; forjar mapas rizomáticos, indeterminados e inconexos, a veces, para dar lugar de esta forma a otras preguntas sobre la educación y sobre nosotros mismos.

En el mismo horizonte de Clarke y Parsons (2013); Mancy (2015) problematiza la investigación educativa cualitativa desde el rizoanálisis y las literacidades múltiples (alfabetización múltiple, no jerárquica ni limitada a la escuela), con implicaciones transdisciplinarias; desde su crítica a la investigación humanística tradicional, la representación, la lógica binaria y el sujeto centrado, Mancy (2015), plantea líneas de vuelo para la investigación rizoanalítica, donde la observación y la entrevista crean nuevos senderos; para ella, el rizoanalisis no es un método, pues invita a la desterritorialización del concepto de metodología de la investigación, para llevarlo hacia su reterritorialización como mapeo de líneas, a través de la inmanencia. Esta autora sugiere el uso de viñetas como textos y eventos sensoriales que permitan crear nuevos territorios, que pueden ser conceptos.

Las búsquedas de estos autores dejan entrever sus propias indagaciones al interior de la cartografía, y sus rastreos del rizoma. En sus planteamientos quedan fisuras y pliegues que permanecen entreabiertos, que no necesitan ser cerrados, ni buscan responder preguntas específicas; el método permanece agrietado, permitiendo que otros investigadores, como nosotros, tiburones peregrinos, (Cetorhinus maximus), nademos despacio, filtremos el agua y recojamos las sensaciones que se agitan en nuestros territorios de investigación, y hallar, posiblemente, nuevas corrientes de aire, corrientes de pensamiento aún por ser cartografiados y nombrados.


2.Las tres acciones del método: Paisajear


En la sección anterior desplegamos algunos trazos epistemológicos en torno de cartografía en la que delineamos ese modo de hacer investigación, ese proceder metodológico cruzado por tensiones y rupturas que se torna un movimiento errante, ya que en este solo marcan puntos, de forma provisional. En el trasegar por la configuración del método Paisajear, para cartografiar lo educativo en una planta de producción, pusimos el acento en la improvisación, la misma que, es comprendida, como ese gesto delicado y sutil de prestar atención a lo que acontece en el transcurrir de la investigación.

Consideramos, entonces, que una investigación cartográfica que asume los riesgos de la improvisación como manera de producir pensamiento, se ve empujada a inventar sus propios modos de proceder, de manera que, nuestra invención metodológica resultante, la denominamos: Paisajear; método de investigación que nos posibilitó, entre otras cosas, abandonar lo conocido para dejarnos decir algo más, algo de aquello, que estaba por producirse. En el contexto de la planta de producción, la invención de paisajes fue clave para indagar o más bien, escarbar a través de un conjunto de acciones que demandaban ponerse en presente; acciones que convocaban la expansión de los cuerpos, los cuales, al relacionarse entre sí, creaban líneas de errancia con las que el método ensayó corrientes de fuerza.

En los movimientos de expansión el cuerpo se vio sorprendido por corrientes, unas veces, eólicas, sísmicas o acuáticas; corrientes que activaron formas de presencia en relación con los otros cuerpos, de modo que, en esas experiencias de expansión, los investigadores no podíamos prever lo que podría ocurrir. La invención de paisajes puso de manifiesto ciertas composiciones, que hicieron posible guiar el proceder de la investigación, lo cual convocó, a su vez, maneras de instaurar presencias y devenir paisajeantes en sintonía con las regularidades cotidianas de la planta de producción.

Los movimientos epistémicos del Paisajear, se sustentan en un cuerpo, esto es, el paisaje, y en él, distinguimos superposiciones y entrecruce de imágenes que producen la irregularidad vital de lo viviente; en este paisaje lo liso es un leve instante, pues, son las rugosidades, aquello que le da consistencia. La planta de producción, deviene para la investigación, en paisajes andinos, poblados de humedades, tonalidades, pieles y músicas. Paisajear, es también, un organismo compuesto de imágenes, cuerpos y movimientos; en estas composiciones no hay intereses de orden metafóricos, pues se trata de capturar las vibraciones incesantes de lo orgánico, esa multiplicidad de formas de aparecer, que ponen en acción sensibilidades polimórficas, paisajes polimórficos. A propósito de estos movimientos, la coreógrafa Meg Stuart, en entrevista con Felipe Sánchez, describe la danza como una práctica en la que es posible “imaginar que bailas en un paisaje cambiante, y luego volverte el paisaje. Puedes elevar y ajustar los sentidos, imaginar que te encuentras en realidades paralelas y experimentar una corporeidad más líquida, múltiple” (Sánchez 2018, Revista Arcadia). A partir de estos trazos, compusimos las tres acciones del método de investigación Paisajear, de la siguiente manera: habitar el paisaje, expandir el cuerpo en el paisaje y, acontecer paisaje. La presentación que realizamos a continuación, de cada una de estas acciones, la hemos acompañado de algunos fragmentos cartográficos, que conectan dichas acciones con la experiencia en la planta de producción.


3.Primera acción: habitar el paisaje


Habitamos, atendemos los movimientos sensibles del cuerpo, atendemos las agitaciones del cuerpo que acontece paisaje. Habitamos, ponemos en presencia una atención sensible que se detiene, que roza levemente, que huele y prueba los pequeños gestos de las formas del paisaje –una planta de producción–. Habitamos, resistimos al impulso convencional a interpretar, analizar o describir. Una y otra vez, nos disponemos para recorrer el paisaje despojados (en cuanto es posibles), de recuerdos que nos conduzcan a revivir o repetir lo que ya sabemos o creemos saber; nos aventuramos a que la experiencia de errancia dibuje sus propios paisajes, esos que después de cierto tiempo tendrían que ser también abandonados para producir otros. Nos preguntamos, entonces, ¿de qué manera se habitan los paisajes que se configuran en una investigación?

La experiencia de habitar, subvierte la estrategia tradicional de observación y registro minucioso de aquello que se denomina, la realidad, allí donde el investigador de manera distante y segura se dedica a recoger información; en el habitar el paisaje, creamos y superponemos trazos sensibles; desplegamos gestos sutiles, que nos hicieron parte del paisaje de la planta de producción; entendimos que el afuera, más que un lugar geográfico, constituye una posición, es por esto que el paisajeante se sabe dentro, propone y escucha propuestas.

Vuelvo a la planta de producción. Quiero experimentar. Como el resto de las trabajadoras, llego a las 7:30 am, tomo con ellas la media mañana, compartimos los alimentos; a los 15 minutos exactos, regresamos a labores. Las acompaño en sus tareas, habito la planta, la camino, sufro del dolor de espalda por estarme sentada realizando la misma labor por varias horas, me duelen los oídos y la cabeza, cargo pesados pliegos de papel, como puedo, casi a rastras; calibro “la tigra”[5] en compañía de una de estas mujeres; tomo decisiones de encuadernación junto con ellas; pliego papel, pego hojas. El olor de la planta es intenso, pero termino por acostumbrarme; después de tres días allí, me percato de que ya no percibo olores ni colores diferentes dentro y fuera. Solo me hace falta una ventana para mirar si la luz del día ha cambiado, conforme avanza el tiempo en el reloj de mano que solo yo llevo puesto. ¡La planta fabrica sus propios cuerpos!, ¿cómo se fabrica un cuerpo en esta planta de producción de materiales educativos?, termino preguntandome. (26 de marzo de 2018).

En las horas que permenezco en la planta no pienso (¿no pienso?) en otra cosa que no sea el trabajo y lo que escribo. A veces hablo con las otras empleadas de mi hija y todo termina por ser cotidiano, porque ellas van contando también sobre sus vidas. Me tratan aún como extraña: “usted tan puestecita en su sitio, tan suavecita”; pero hay un tono de familiaridad cuando recuerdan lo que les conté o retoman algún relato que suponen yo recuerdo. Me voy haciendo invisible. (28 de marzo de 2018).

Estos textos cartográficos producidos por una de las investigadoras, durante una de las inmersiones en la planta de producción, hacen presente esos modos de habitar el paisaje a los que nos hemos venido refiriendo.


4.Segunda acción: expandir el cuerpo en el paisaje


Paisajear es una experiencia que pone el cuerpo en abismo. Se trata de una experiencia en la que fuimos expandiendo los límites fronterizos que delimitaban los territorios de lo subjetivo y aquello que habitualmente denominamos la realidad; de manera que, al ponernos al descubierto, la percepción experimentó dislocamientos inusuales; la piel vibrante trazó sus propias líneas de errancia sobre el paisaje; el miedo a perderse, aquel que suele apremiar a los investigadores, cobró entonces, otras dimensiones y la cercanía se tornó promesa de nuevos conocimientos.

La planta de producción deviene nebulosa en expansión y, en sus entrecruces de fuerzas amplifica cada cosa, cada cuerpo, cada vida; este complejo entramado de vibraciones mantiene el paisaje en tránsito. La expiación nos puso, todo el tiempo frente a lo impredecible de los movimientos de lo orgánico, pues, no hubo formas fijas, más que el devenir de la existencia misma. Vida y conocimiento, constituyeron allí, formas inseparables de la acción del paisajear: cuerpo en tránsito, nunca seguro, siempre al filo, inmerso es esa sensación de un cuerpo en caída libre. El paisajear reclama a un paisajeante (un investigador), dispuesto a jugarse sus propias seguridades. A este respecto, en La evolución creadora, Henri Bergson (1948) se hace una pregunta que nos llega como una bocanada de aire refrescante:

¿Es preciso, pues, renunciar a profundizar en la naturaleza de la vida? ¿Es preciso atenerse a la representación mecanicista que el entendimiento nos dará siempre, representación necesariamente artificial y simbólica, ya que estrecha la actividad total de la vida en forma de una cierta actividad humana, la cual no es más que una manifestación parcial y local de la vida, un efecto o un residuo de la operación vital? (p. 436).

Nos incorporamos a esa operación vital que circuló por las capas de tiempo y de espacio de la planta, pues, al irrumpir en los ciclos de producción con una inquietud, con un gesto, hacemos que ese tiempo y espacio que aparentemente repite, entrara a ser atravesado por otras sensibilidades. Irrumpimos delicadamente para dar forma a ese paisaje existencial que nos interesaba producir, y que entendimos reclama otros modos de acercamientos, otros estados de oscilación. En Arte, Cuerpo y Subjetividad (2006), Farina, plantea la formación del cuerpo a través de un entretejido de conceptos, entre ellos, cuerpo, formación, pedagogía y arte; esta autora sostiene, allí, que “el arte moderno ensaya con una multiplicidad de cuerpos: el cuerpo degradado, ensamblado, imposible, el cuerpo-dinámico, participante..., hasta llegar a las prácticas estéticas mutantes, poshumanas e inciertas de la posmodernidad” (Farina, 2006, p. 2) Así las cosas, el paisajear, en tanto modo de proceder en la investigación reclama cada vez, con mayor fuerza, un cuerpo expandido, un cuerpo en expansión. El cuerpo que paisajea la planta de producción se descubre afectado, dislocado de sus formas de percepción y composición de la cotidianidad, ya que fuimos notando, cada vez con más claridad, que era en esas dislocaciones donde asomaba algo de la experiencia de conocimiento que buscábamos.

Así sucedió en una de las experimentaciones realizadas por el grupo durante un recorrido por la ciudad (sábado laboral), en el cual se lleva al cuerpo hacia un ejercicio de habitar espacios cotidianos que expanden la existencia más allá de la planta de producción. En este caso, la práctica de la escritura creativa propuesta, ponía en tensión la escritura de la planta, esa que se manifestaba en un registro preciso de los resultados de la operación diaria; en esta ocasión, la escritura demandó expandir el cuerpo, permitirse crear una palabra para traer sensaciones del recorrido por el centro de la ciudad, al papel. En esta actividad una operaria escribió: Cuando estás conmigo puede que sea una planta silvestre en la Estación del Parque Berrío. Canto en el tranvía. Tomo un café con leche en La Antártida. Me sobreviene un olor a buñuelo en la mano. (3 de marzo de 2018).


5. Tercera acción: acontecer paisaje


En esta acción del método, nos instauramos desde un cuerpo que es puesto en presencia, expuesto a las afecciones de los movimientos de una conversación, desprovista de las jerarquías convencionales de la investigación, en el sentido de que alguien se ubica en el lugar de entrevistador, y sitúa al otro como un informante que da cuenta; así mismo, el investigador que se reserva el sitio de observador, deja al otro en ese lugar objetual de observado. En el acontecer paisaje, convocamos esas fuerzas delicadas del estar juntos, del compartir y comer juntos; estábamos atentos a abrir espacios para la palabra, pero también nos acompañábamos en algunos tramos de silencio que hicieron posible ocuparnos de lo sutil. Acontecer paisaje, tuvo que ver con esas posibilidades de seguir el rastro a las sensaciones que se producen y se desplazan entre las capas, de los objetos, de los engranajes de las máquinas y de los encuentros subjetivos, en ese lugar singular, una planta de producción; el rastreo de lo tenue que circula en ese paisaje accionó cada vez, nuevas sensaciones, esas que vinieron a reclamar también, otras maneras de decir; sensaciones que veían unas veces superpuestas y entrelazadas en las conversaciones, otras en forma de gestos, apenas perceptibles.

Acontecemos conversaciones en los espacios de la planta de producción, las mismas, que a veces cobraban formas inusitadas, adoptando esa inmanencia de lo perturbador, con frecuencia nos encontrábamos siendo participes de una intimidad construida en la brevedad del encuentro, pues una impetuosa corriente emergía fluía, desde las profundidades subjetivas y se abría paso hacia la superficie, ¿cómo interrumpir una historia de dolor que necesita ser puesta fuera de sí? En otros encuentros, las conversaciones recorrieron, sosegadas los relieves del acontecer cotidiano, (en la planta, en la casa o en el transcurrir entre estos dos espacios), siguiendo pequeños desplazamientos de los cuerpos, que, en algún momento, terminaban por hacer presencia en algún detalle vital, como se puede notar en este texto cartográfico producido en la planta:

Figura No. 2: Mapa intervenido por una operaria de la planta.

…esto no había pasado nunca antes aquí”, comentó una de las mujeres, y luego continuó, “llevamos quince días en estas. Los jefes quieren que hagamos esto rápido, pero no se puede”. Pienso, solo llevo una hora y la espalda se me parte a pedazos. Casi ni siento los pies, pegados contra la mesa. Las manos al borde de la mesa, me pesan. Duele empuñar el lápiz para tomar notas de lo que estoy experimentado. La mujer que está a mi lado, parece hablar para sí misma, “desde este momento empiezo a desconfiar de mí misma, de mi conocimiento, de esta máquina. (14 de febrero de 2019).

En el despliegue de la acción metódica, acontecer paisaje, también propiciamos escenarios especiales, en ellos las conversaciones se acompañaban del trazado de dibujos, líneas, círculos, palabras y gestos sobre mapas impresos del Área Metropolitana de Medellín, impresos en pliegos de cartulina de 70 x 50cm, a todo color, (Figura 2); pues, nos interesaba el mapa como superficie sobre la cual desplegar y marcar algo del acontecer, por momentos seguíamos juntos las rutas del transporte público, las calles de los barrios, las vías que conducían a pueblos lejanos de donde provenían; a veces estas mismas vías u otras eran seguidas con los dedos para hablar de un paseo o de la visita a algún familiar. Los mapas se fueron cargando de anotaciones, pequeños testimonios de ese fluir incierto de los encuentros; a veces la palabra se atascaba en el mapa, lo mismo que, en la planta de producción, en las máquinas que se accionan y, en los cuerpos, en las cicatrices, en las alteraciones óseas o musculares producto de un movimiento repetitivo, en los dolores recurrentes.

Estas palabras-sensibles –historia, gestos, silencios, afecciones, en fin, cuerpos– que fluían por el paisaje de la planta de producción, se fueron tornando otros territorios de la investigación, y justo por ello, tierra húmeda para la producción de nuevos brotes de pensamientos, cuyas raíces se entrecruzan para cobrar vitalidad e iniciar su crecimiento. Así, los impulsos a transcribir el paso a paso de los movimientos de la palabra en la planta de producción cedieron su lugar a la producción de textos cartográficos, compuesto de sensaciones que atravesaron los cuerpos y, cuyas intensidades diluyeron la metáfora y mudaron hacia las formas del arte y del pensamiento encarnado en la escritura.


6.Reflexiones en torno al despliegue del método en la planta de producción


Un método cartográfico de investigación cobra sentido en cuanto es puesto en acción, de manera que nuestro paisajear es ante todo la configuración de una experimentación-creación en una planta de producción; experiencia que se realizó siguiendo el trazado de las tres acciones metódicas de las que antes nos hemos ocupado. En la sección que sigue, dejaremos entrever algunas líneas de esa experiencia sensible, en la que ponemos a prueba un método o más bien, la manera como nos pusimos a prueba como paisajeantes (investigadores) de un espacio.

Nuestros primeros momentos en la planta de producción, remitieron a una presencia corporal nómada, que le dio toda la intensidad posible a la mirada, experiencia del mirar que se nutrió de los planteamientos de Fernand Deligny (2015), ese poeta y etólogo que trabajó por cierto tiempo al lado de Guattari, en la clínica La Borde. En Lo arácnido y otros textos, el autor señala que “la red es un modo de ser” (p.17), y en esta, los trayectos se van trazando sin que exista un proyecto suficientemente preciso, pues la red se traza donde falta “algo”; con estas ideas merodeando por el cuerpo, nos fuimos encontrando y conectando con las mujeres de la planta de producción.

Los encuentros y conversaciones con las y los empleados de la planta de producción y sus directivas, se fueron componiendo a lo largo de dos años, bordeando en lo posible las formalidades de lo institucional, pero sin desconocer y agradecer el apoyo necesario parte de los directivos de la empresa y de la planta de producción, en particular; pero, tejer formas sutiles de vínculos, no resultó una labor fácil. Instaurar formas singulares de mirarnos, de preguntarnos por la vida cotidiana, de percibirnos e inventarnos, en tanto investigadores, en medio de encuentros y conversaciones entre personas que procedemos y hacemos cosas a aparentemente tan distintas, constituía todo un reto por superar.

En este sentido, al paisajear, fuimos encontrando parajes de tránsito por fuera de las etiquetas que nos encierran en un modo de relación –profesores universitarios, operarias(os)–; al paisajear, acentuamos los sentidos de lo que hacemos, y, es este lugar, el que nos advierte que realizamos recorridos similares; al superponer conversaciones en torno al cumplimiento de horarios laborales, relaciones con los jefes, rutinas diarias, el cansancio que se acumula, las aspiraciones, el acatamiento de normas, entre otras cosas, nos dibujó escenarios de encuentro, particularmente distintos al de la identificación, y nos forzó a centrarnos en el cuidado de la producción de subjetividad que cada uno ha construido con lo que ha tenido a disposición.

Expandir el cuerpo, exponernos en una serie de conversaciones para encontrar las intensidades que acontecen cuando estamos presentes con otros cuerpos, para ser atravesados por las fuerzas de los paisajes existenciales que en esas conversaciones edificamos. En tales casos, a medida que se propiciaban los encuentros se configuraba lentamente la producción de sistemas corporales en un constante accionar con las máquinas de la planta. Las conversaciones dieron paso a otras formas de encuentro, comer juntos, cumplir jornadas en el interior de la planta, recorrer juntos el centro de Medellín, hablar de los hijos, de los padres, del clima, de los retazos de experiencias escolares que aún conservaban en la memoria, de las relaciones con los espacios y objetos de sus casas.

Acontecemos paisajeantes del centro de Medellín, compartimos historias, intuimos, corrimos todos los riesgos de estar con otros, del cuidado del otro. Este paisaje, tantas veces nombrado en las conversaciones, ahora es un cuerpo presente, sonoro, recorrido, perfumado, alimento servido en una mesa compartida; estos trayectos cotidianos devinieron acontecimiento intenso, que viene con nosotros, en forma de gestos, imágenes nuevas, palabras oídas, un pedazo de papel olvidado. Paisajeamos la experiencia del caminar juntos, esa, que dio lugar al encuentro con la danza contacto y la escritura creativa en un taller después del recorrido del centro de la ciudad.

El recorrido, devino experimentación corporal en el espacio de la universidad[6], que entendimos como la posibilidad de vivir otras cotidianidades, otros fragmentos de espacio, otras acciones, otros movimientos, otras miradas – ¿qué hace un grupo de operarios y operarias en los espacios pulcros de una universidad privada? –. El espacio universitario con sus disposiciones corporales y espaciales, condujeron los cuerpos a paisajes desconocidos, a atmósferas de afectación que encontraron aliento en aquel Nietzsche, que afirmaba que nada nos ocurre por fuera del cuerpo y que “el cuerpo es una gran razón, una enorme multiplicidad dotada de un sentido propio” (1984, p. 56). Este devenir entre las fuerzas que se producen en los paisajes del encuentro con otras vidas, en ese caminar el centro de Medellín, en el habitar los territorios del extrañamiento, en esas otras plantas que producen lo cotidiano; plantas donde las máquinas adquirieron formas refinadas, nos ubicó a quienes formábamos parte de la investigación, en el terreno de los choques, de los roces, de los temblores y de los dolores que se fueron entrecruzando en los textos cartográficos y en las vidas de todos.


¡Paisajes sensibles! (A manera de conclusiones)


En la investigación, Cartografías de una educación (otras), compusimos el método Paisajear, con el cual fuimos tras las educaciones (otras), que se producen en una planta de producción de materiales educativos; lugar que constituimos para la investigación paisaje geográfico y existencial para capturar y entender las corrientes de afectos que dan forma a la manera como los cuerpos hacen presencia en ese espacio. En este sentido, en método cartográfico desplegado, nos permitió revertir las relaciones hegemónicas, tradicionalmente desplegadas en las prácticas de la investigación, a partir de permitirnos afecciones en las relaciones de singularización que se fueron encontrando en la experiencia, en las fuerzas, choques e intensidades agenciadas en la planta de producción.

Entre los asuntos que sitúa la investigación, se pudo precisar que los afectos realizan diversidad de movimientos, unos que envuelven los cuerpos sobre sí mismos; otros que envuelven grupos que comparten alguna intimidad, por ejemplo, vínculos familiares, amistades forjadas por diez o más años en la planta y, un tercer movimiento de afecto que envuelve los cuerpos y máquinas en una expansión simbiótica.

También percibimos series de movimientos que se expandían hacia otros lugares geográficos (la casa, la escuela de los hijos y la que les permitió a muchas de ellas aprender a leer y a escribir, el centro de salud) y hacia lugares existenciales (fragmentos de la experiencias de otras vidas vividas, obligaciones con el grupo familiar e ilusiones en torno a la realización de proyectos propios); en este mapa de superficies porosas, gelatinosas, casi siempre, los afectos circularon e irrumpieron de manera permanentemente, lo que hace de este lugar un paisaje de intensidades; un bosque sombrío, donde incluso las formas corporales se difuminaban o cambiaban la forma de presentarse.

La invención de paisajes para la investigación nos puso, ante la multiplicidad subjetiva que nos habita, donde cada una de ellas reclamó nuevas formas; a la manera en la que Nietzsche se crea a sí mismo como un personaje conceptual[7]: “Hay en mí muchas posibilidades de estilo-, el más diverso arte del estilo de que un hombre ha dispuesto nunca. Es bueno todo estilo que comunica realmente un estado interno” (2017, p.79). Por nuestra parte, entendemos que las afecciones que se produjeron en la planta de producción, pidieron no solo un estilo, sino un cuerpo, uno suficientemente expandido para capturar las sensibilidades del paisaje y acontecer sus fuerzas. La composición metódica, pues, partió de pequeñas intuiciones previas a la experiencia de los investigadores en la planta, debido a que, fue la inmersión misma en la planta, la que posibilitó delinear, con mayor claridad epistemológica las acciones y experimentaciones del método que finalmente, denominamos Paisajear.

Ahora, una educación (otra), que se sitúa en el territorio de la formación de subjetividades en una planta de producción, acontece a través de los despliegues subjetivos entre las máquinas y los cuerpos que las operan; entender la presencia de lo educativo desde este lugar, reclama de los investigadores otras miradas y tensionar, incluso, la supremacía de la observación participante, de tal forma que su lugar pudiera plegarse hacia la constitución de un cuerpo sensible, que echa mano de lo que escucha y de lo que siente, de lo que no se ve ni se dice, pero que vibra en el espacio, procurando una desconfianza profunda en lo que acontece, cuya presencia se instaura como insinuación y posibilidad.

En correspondencia, podemos decir que, la planta de producción produce sus propios paisajes geográficos y existenciales; en ella, máquinas y cuerpos forman diversidad de relieves, cotidianidades y movimientos repetitivos, dirigidos hacia el final de la jornada, de la semana, del mes, para volver a empezar al día, a la semana, al mes siguiente. Este es un ritmo maquínico del acontecer de los cuerpos, de lo educativo y de un paisaje que reclama ser paisajeado.


Referencias


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[1] Esta investigación hizo parte de los proyectos seleccionados y financiados en la convocatoria de la Dirección de Investigaciones de la Universidad de San Buenaventura, Medellín, 2017-2019. Investigación a la que estuvo vinculada la estudiante de doctorado Leidy Yaneth Vásquez Ramírez, cuya tesis, lleva por título “Paisajes educativos en la planta de producción: ficciografías de los cuerpos que se fabrican”.

[2] El desafío es evitar el predominio y la búsqueda de información para que, entonces, el cartógrafo pueda abrir-se al encuentro. (Kastrup y Passos, 2009, p.57). Traducción propia.

[3] Desarrollar el método cartográfico para su uso en la investigación en el campo de estudio de la subjetividad se aleja del objetivo de definir un conjunto de reglas abstractas para ser aplicadas (Kastrup, 2009, p. 32) Traducción propia.

 

[4] La investigación también se convierte en una construcción simbólica de uno mismo a medida que el investigador gana la agencia y llega a autoidentificarse y actuar como un investigador. Por lo tanto, la actividad de realizar investigaciones da forma a las vidas y las identidades de los que forjan las construcciones (haciendo la investigación). En otras palabras, la investigación siempre es más que investigación, porque es conducida y construida por personas que (haciendo investigación) participan en el desafío complejo de creación de significado simbólico y construcción de identidad, informado por el cambio de las narrativas de vida. (Bryan Clarke y Jim Parsons, 2013, p.36). Traducción propia.

 

[5] Las empleadas llaman “La tigra” a una máquina de gran tamaño en la que se lleva a cabo el proceso de encuadernación, esta tiene una estructura dentada de engranajes móviles, y que, dada su función en la cadena de producción está ubica en la sección central de la planta.

[6] Invitar a los trabajadores de la planta a un taller de experimentación con arte (danza de contacto y escritura creativa) en la universidad, era parte de una decisión de correspondencia y compartir de los espacios cotidianos: una planta de producción para ellas(os) – la universidad para nosotras(os).

 

[7] El personaje conceptual del que hablan Deleuze y Guattari en Qué es la filosofía (1997), permite una composición de vidas; de tal forma, los personajes-metáforas permiten articular el relato de vida desagarrado de la conversación acerca de la cotidianidad, contra el modelo de trabajo en la fábrica. Los personajes conceptuales operan en el plano de la escritura de la investigación, pero también intervienen en la creación de conceptos.