Rebasar el antropocentrismo en clave poshumanista
El ser humano, tal
como lo imaginamos, no existe.
Nelson Rodríguez (en
Viveiros de Castro, 2015, p.3)
Introducción
El
antropocentrismo se caracteriza por entender al ser humano como medida y centro
de todas las cosas, constituyendo el homo sapiens la única especie que debe ser
objeto de consideración moral. Esta concepción de lo humano se enmarca en una
ontología dualista que lo entiende en oposición al resto de las especies y en
términos de superioridad. El poshumanismo filosófico ha implicado un sentido
muy crítico hacia la concepción del ser humano como ente autónomo y centro del
mundo, plenamente conciente e intencional y con una superioridad que lo sitúa
en el centro de la creación. Como señala Josep Martí: “la condición poshumana
es ante todo conciencia, conciencia (como nunca antes se había tenido en
Occidente) de pertenecer al mundo, del que además sabemos que se va degradando
rápidamente por la acción antrópica” (2022, p. 31).
Uno de los
aspectos que ha caracterizado a esta corriente es la voluntad de entender el
concepto de ser humano de manera distinta a como se lo ha entendido hasta ahora
desde la perspectiva humanista, sobretodo pone en tela de juicio la idea del
excepcionalismo humano, es decir, se muestra extremadamente crítica con la idea
de entender la humanidad en términos antropocéntricos, esencialistas y según el
pensamiento racional cartesiano. Considera que el humanismo tradicional “ya no
resulta adecuado para entender al ser humano tal como se halla estrechamente
ensamblado con todo lo que le rodea, ya sean otros seres vivos, el medio o las
tecnologías” (Martí, 2022, p.33). En el contexto latinoamericano, que es el que
aquí nos interesa, los estudios poshumanos han mostrado que la emergencia de lo
no humano genera formas inespecíficas que desbaratan los géneros y las
identidades fijas, cuestionando las visiones de pureza, propiedad, normalidad y
humanidad. La irrupción de lo no humano desafía la fantasía antropocéntrica que
coloca al ser humano sobre las demás especies para poner de manifiesto una
relacionalidad multivinculante con el mundo (Castro, 2023). Pues bien, este
trabajo busca justamente dar cuenta de estas miradas otras, distintas y
diversas de la mirada hegemónica de humanidad, y con ello invitar a la
reflexión filosófica a dar lugar a otras comprensiones de humanidad,
poshumanidad, persona.
Reflexiones dialógicas con/desde la antropología de la
vida y la cosmopraxis andina (T. Ingold- K. De Munter)
En la
tradición humanista y de acuerdo con el dualismo cartesiano, realidades
mentales y materiales son mutuamente exclusivas y completamente antitéticas, el
ser humano es concebido como un tipo de entidad (res cogitans) y los
animales no-humanos, mundo vegetal, materia inerte e incluso el mismo cuerpo
humano, como otro tipo de entidad (res extensa). Según esta ontología,
dicha interioridad humana (que marca su excepción radical) le permite al ser humano
imaginarse en una posición de exterioridad en relación con el mundo para
observarlo y teorizar sobre él: “El ser humano deviene sujeto epistemológico,
mientras que la naturaleza es objetivada como su objeto” (Martí, 2022, p.35).
Pero existen otras fórmulas ontológicas, como en el animismo amazónico, donde
la interioridad es una atribución generalizada y la subjetividad-conciencia
moral es extensiva a los no-humanos “dotados de un punto de vista singular
sobre el mundo”[1] (Viveiros de
Castro, 2010 p. 32).
Por otro
lado, desde el punto de vista biológico sabemos que el ser humano para su
supervivencia depende necesariamente de la naturaleza y se halla
inextricablemente relacionado con todo lo que le envuelve, en este sentido, la
nueva biología entiende a los organismos vivos como “sistemas abiertos que
participan activamente e interactúan con el medio” (Martí, 2022, p. 36), la
tradicional visión zoocéntrica de los organismos se reemplaza por la
biocéntrica. Siguiendo estos principios, entonces, se puede entender la
naturaleza humana como una relación inter-especies o parte de un ensamblaje
multiespecífico (Castro, 2023 p. 18).
El ser
humano constituye un nodo en medio de constantes flujos energéticos y de
nutrientes minerales que circulan a lo largo de un ecosistema (Simmons en De
Landa, 2000, p.104). Los estudios multiespecie parten de estas cuestiones y
examinan cuáles son las implicaciones epistemológicas, éticas y políticas que
conlleva prestar atención a la agencialidad de la miríada de formas de vida más
allá de la intencionalidad humana. Este campo interdisciplinar parte de la idea
de que el mundo biótico y el abiótico agencian, y postula la existencia
de relaciones horizontales y solidarias con lo no humano desde “naturoculturas”
(Haraway en Castro 2023, p. 19). En este mismo sentido, el término “ontología
plana” se ha utilizado como equivalente de posantropocentrismo, pues alude al
hecho de querer evitar posiciones jerárquicas que privilegien al ser humano
(Martí, 2022, p. 37). Finalmente, las barreras conceptuales entre animales
humanos y no-humanos ya no se sostienen y han comenzado a declinar. Como ha
señalado S. Tonutti: “difícilmente se puede entender el ser humano sin superar
conceptualmente la rígida oposición humano/animal no humano” (2011, p. 183),
una oposición que resulta insostenible, puesto que “animal no humano” no
constituye una categoría definible en términos científicos, sino que engloba
múltiples especies (Tonutti, 2011, p. 185).
En su texto
“Educar (mediante) la atención en la cosmopraxis aymara”, Koen De Munter señala
que desde intuiciones culturales aymara, los pulmones –significado prehispánico
y actual de chuyma [2]
- se pueden considerar como el nudo vital de los procesos y energías de la vida
humana. En consonancia, señala dicho autor que podemos traducir chuymampi
como el acto de in-spiración que, mediante la acción de nuestros pulmones (y en
íntima colaboración con el corazón, otro “nudo vital”) entrega aire a nuestra
sangre, a nuestros músculos y cerebro, promoviendo la dinámica continuidad
cuerpo-mente-entorno, permitiéndonos mover a lo largo de los ambientes de vida
y relacionándonos con todas las demás dinámicas de la vida. De ello se deriva
que (a diferencia de concepciones racionalistas) no es entonces el cerebro el
que dirige cómo vivimos, sino más bien vivimos en primer lugar gracias a la
acción continua de nuestros ‘bofes’ de la vida, inspirando y expirando en medio
de un mundo vivo. Partiendo de esta perspectiva relacional, y siguiendo a Tim
Ingold, el autor propone hablar de una “correspondencia humana”, pero no para
referir algo innato, sino a algo que se vive, se experimenta y se
aprende desde el mismo devenir biológico y social (la dimensión de lo cultural)
(De Munter, 2017, p.2). Es en este sentido que De Munter propone la
conceptualización de “cosmopraxis” en lugar de cosmovisión, ya que:
Son en primer lugar las prácticas (sociales-culturales-rituales-ecológicas…) que les enseñan a las personas cómo convivir como jaqi en medio del pacha, y no tanto un conjunto de ideas, conceptos, significados o estructuras mentales que dirigirían (y finalmente explicarían) estas prácticas y esta convivencia (De Munter, 2017, p.3)
Ilustración 1
Ronda de coplas (alrededor del
pozo-boca de la Pacha) durante el ritual de "corpachada" [3] de los corrales en Queta,
Puna de Jujuy (Foto: Carolina Adi, agosto de 2024)
Dicha
concepción, que podríamos caracterizar en términos generales como andina,
proporciona una mirada alterna de lo humano, y permite adoptar una perspectiva
más abierta, que imposibilita verlo como un ser ‘separado’ del resto del cosmos
(gracias al dominio objetivante de la mente/razón sobre la naturaleza/las
materialidades/el propio cuerpo y organismo), para concebirlo como participando
plenamente de un mundo relacional, participando de un plexo de relaciones que
enlazan vitalmente lo humano y lo no-humano. Una participación o
coparticipación a lo largo de la cual aprendemos a criar y nos criamos, en crianza
mutua, tanto por lo que hacemos como por las cosas que nos van pasando, por
los caminos que recorremos (thakhi [4])
aprendiendo a caminar como humanos gracias a todos los procesos de vida a los
cuales nos sometemos de maneras atentas y creativas, por ejemplo mediante las
prácticas rituales (como leer la coca o realizar una ch’alla[5]
colectivamente) pero también, de manera general, en la praxis y la experiencia
cotidianas.
Ilustración 2 Niño challando con chuya de
chicha (fermento aguado de maíz) durante la corpachada
(Foto: Carolina Adi, Puna de Jujuy agosto
2024)
Como
demuestra Carlos Maldonado (2016), distintas vertientes han comenzado a
formular preguntas que han venido dando cuenta de este cambio de mirada en la
antropología, de esta evidencia de que hay que trasvasar los límites de lo
humano:
Así, por ejemplo, Maturana y Varela (1990) se preguntan: ¿Cómo
es pensar como un río? Desde la filosofía de la mente, Nagel (1995) se
cuestiona: ¿Cómo es ser un murciélago? Por su parte, desde la antropología,
Kohn (2013) se interroga (y responde): ¿Cómo piensan las selvas? También, desde
la antropología social, Douglas (1996) se pregunta: ¿Cómo piensan las instituciones?
Por su parte, desde la botánica, Mancuso (2015) pone recientemente al
descubierto que existe una neurobiología de las plantas, mientras que Chamovitz
(2013) se ocupa de lo que conoce una planta (What a plant knows) (p. 195)
A todas
luces, el tema es apasionante, porque propone avanzar hacia una antropología de
la vida (y no del hombre), en la que el conocimiento deja de ser un asunto
clara y distintamente humano. En este sentido, se pone en la mesa de la
reflexión antropológica que no es evidente que los seres humanos piensen, y por
tanto conozcan y actúen de la mejor forma en la naturaleza: “Desde múltiples
puntos de vista, ha resultado revelador que numerosas otras especies, formas de
vida y sistemas piensan, y, en consecuencia, “viven mejor” que los propios
seres humanos” (Maldonado, 2016, p. 295).
Esta
antropología de la vida nos invita a pensar a los seres humanos según una
dimensión más humilde y compleja a la vez, ya no desde cualquier suposición de
superioridad, separación o privilegio ontológico, sino asumiendo nuestra
profunda “condición relacional”, y nuestro involucramiento con el estando-vivo.
Para una antropología de la vida, lo social se desenvuelve de manera siempre
íntimamente involucrada o “correspondiente” con los procesos de vida en
general, junto con otros seres vivos, materiales, entornos y ambientes
(Strathern, Haraway, Ingold, entre otros).
Como señala
De Munter, esto nos permite apreciar cómo la concreta cosmopraxis aymara
(y andina) nos puede enseñar a ver con otros ojos cómo los seres humanos en
general moramos y nos movemos en esta única tierra que compartimos, viviendo y
sintiéndola como un mundo relacional. Hacer antropología filosófica deviene
entonces un aprendizaje agradecido, que parte siempre de un compartir atento y
aterrizado.
Reflexiones dialógicas con/desde el pensamiento amerindio
(Danowski-Viveiros de Castro)
Según
Viveiros de Castro y Danowski, en las cosmogonías amerindias “primero [o en el
principio del mundo] todo era originalmente humano, o más aun, nada era no
humano” (2014, p. 3). Un número considerable de mitos amerindios, así como de
otras regiones etnográficas, imagina la existencia de una humanidad primordial,
sea fabricada por un demiurgo o simplemente presupuesta como la única sustancia
o materia de la que el mundo pudo haber sido formado. Como explican los
autores, esta gente primordial no eran “completamente humanos” en el sentido en
que nosotros lo somos, dado que, a pesar de tener las mismas facultades
mentales que nosotros, poseían una gran plasticidad anatómica y una cierta
inclinación por las conductas inmorales (incesto, canibalismo). Tras una serie
de proezas, algunos grupos de esta humanidad primordial progresivamente se
transformaron en las especies biológicas, las características geográficas, los
fenómenos meteorológicos y los cuerpos celestes que comprenden el presente
cosmos, la parte que no cambió es la histórica o contemporánea humanidad.
Siguiendo a
Viveiros de Castro y Danowski, podemos ver cómo en el pensamiento amerindio (y
en algunos otros) la humanidad o la personeidad son la semilla y el suelo
primordial, o el trasfondo, del mundo. El homo sapiens no es el
personaje que viene a coronar la gran cadena de seres agregando una nueva capa
ontológica (espiritual o “cognitiva” en terminología moderna) sobre una capa
orgánica previamente existente que habría, por su parte, emergido de un
substrato de materia “muerta”. En la tradición mito-filosófica occidental,
tendemos a concebir la animalidad y la naturaleza en general esencialmente referida
al pasado (2014, p.5). Es en el marco de esta concepción antropocéntrica, que
se considera que son un conjunto de características “singulares” como el
bipedismo, la neotenia, la cooperación las que nos otorgaron una capacidad de
volvernos seres más-que-orgánicos y dotados del suplemento espiritual que es
“propio del hombre”: la preciada propiedad privada de la especie, la
excepcionalidad humana, en síntesis: lenguaje, trabajo, ley, deseo, tiempo,
mundo, muerte, cultura, historia, futuro. Los humanos pertenecen al futuro así
como los animales pertenecen al pasado. Sin embargo, como podemos ver, no es
así como fueron las cosas en lo que concierne a estos “otros humanos” que son
los amerindios y a otras humanidades no-modernas. Una de las cosas que los hace
ser otros consiste precisamente en el hecho de que sus conceptos de lo humano
son otros que los nuestros (Viveiros de Castro y Danowski, 2014, p. 6).
Poniendo fin al “tiempo de las transformaciones” –una expresión común entre las
culturas amazónicas– aquellos inestables antropomorfos que vivieron en el
origen tomaron las formas y las disposiciones corpóreas de aquellos animales,
plantas, ríos y montañas en los que habrían eventualmente devenido.
Se podría
afirmar entonces que para el pensamiento amerindio el mundo está habitado por
diferentes especies de personas y es interpretado y vivido desde puntos de
vista diferentes (Viveiros de Castro, 2010). Un mundo en forma humana, un
“multiverso” antropomórfico que da lugar a un mundo concebido como el resultado
de la (nunca tan acabada) estabilización del infinito potencial de
transformación contenida en la humanidad como substancia universal, o mejor
aún, la universal “actancia” originaria y persistente. Es la Naturaleza lo que
nació de la Cultura o se separó de ella, y no a la inversa, como en la
antropología y filosofía occidental.
Reflexiones filosóficas sobre el rebasar antropocéntrico:
hacia una ontología relacional y una ética multiespecie
El proyecto de rebasar el antropocentrismo no
es meramente una moda académica, sino un imperativo filosófico surgido de las
cenizas de la modernidad. La figura del sujeto soberano —cartesiano, kantiano,
husserliano—, aquel que desde su cogito erguía un mundo de objetos disponibles
para su representación y dominio, ha entrado en una crisis terminal. Esta
crisis no es solo ecológica, sino propiamente metafísica: cuestiona los
fundamentos mismos de lo que occidente ha entendido por ser, vida y humano. El
poshumanismo, en su vertiente filosófica más robusta, no celebra un “fin del
hombre” sino la disolución del humanismo de lo humano como excepcional. Este
humanismo instituyó una doble jerarquía: ontológica (el ser humano como único
poseedor de un alma) y ética (solo este ser es fin en sí mismo, siendo todo lo
demás medio o recurso). En efecto, la tradición filosófica occidental ha
concebido al humano como un ser de excepción. Frente a ello, el pensamiento
amerindio, tal como lo presenta Viveiros de Castro, realiza un giro copernicano
radical. No se trata de que los humanos tengan una perspectiva única sobre un
mundo natural unitario, sino que el mundo está compuesto por una multiplicidad
de perspectivas. La humanidad no es una sustancia, sino una posición o un punto
de vista. Un jaguar, un río o una planta no “son” humanos, sino que “se ven a
sí mismos como humanos” desde su propia perspectiva, mientras que ven a los
humanos como otros seres (presas, espíritus, etc.). Esto no es un relativismo
cultural, sino un perspectivismo ontológico.
De lo dicho,
se puede desprender la siguiente consecuencia filosófica: la ontología deja de
ser una filosofía primera que describe “lo que hay” desde un punto de vista
absoluto, para convertirse en una traducción entre mundos. El concepto de
naturaleza como gran reservorio uniforme y objetivo se desvanece. Como señalan
Danowski y Viveiros De Castro, en el multiverso amerindio, la cultura (la
condición de persona, la sociabilidad) es el sustrato primordial, y la
naturaleza es su producto o su sedimentación. Esto invierte por completo el
esquema evolucionista y humanista en el que la cultura emergía de la naturaleza
como su superación.
En este
sentido, la propuesta de una antropología de la vida, inspirada en Ingold y
otros, encuentra su correlato filosófico en lo que podríamos denominar una
“ontología del devenir-ensamblado”. Filósofos como Deleuze y Guattari, o más
recientemente Manuel De Landa han argumentado que la realidad está compuesta de
ensamblajes: agenciamientos inestables de partes heterogéneas (humanas,
orgánicas, técnicas, geológicas) que se co-constituyen.
A su vez, el
concepto de chuyma que analiza De Munter es aquí fundamental, no como un
mero corazón metafórico, sino como el nudo vital de un sistema
respiratorio-circulatorio que ya, de suyo, es relacional. La respiración no es
un acto de un sujeto autónomo, sino el flujo constante a través del cual el
cuerpo se hace y se rehace con el aire, con el ambiente. La inspiración (chuymampi)
es el acto filosófico por excelencia: no la interiorización de una idea en una
mente, sino la incorporación del mundo en un proceso vital que disuelve la
frontera entre dentro y fuera. Esto nos lleva a la noción de correspondencia de
Ingold. Con-vivir no es habitar un espacio preexistente, sino “tejer líneas de
vida” en correspondencia con los flujos, los ritmos y los movimientos de otros
seres. La filosofía aquí debe abandonar el modelo de la representación (la
mente como espejo de la naturaleza) y adoptar un modelo de participación o praxis.
Tanto en la
filosofía como en la antropología andina, la reflexión acerca de las porosas
fronteras ontológicas entre personas y cosas ha adquirido recientemente una
importante centralidad. Estos enfoques
han generado, desde hace ya unos años, un interés por incluir a los objetos en
los estudios sobre la relacionalidad humana y no-humana, y considerar su
importancia en el contexto de las ontologías, la vida social y el animismo.
Como lo demuestran numerosos trabajos etnográficos, en los contextos andinos
los objetos, ya sean reminiscencias de épocas precolombinas, ya utensilios de
la vida cotidiana u objetos rituales, como elementos del entorno natural
(plantas, ríos, accidentes geográficos, incluso fenómenos naturales), forman
parte de “un mundo construido intrínsecamente en términos de relaciones”
(Allen, 2020, p. 218). Siguiendo a esta autora, la noción de “personalidad
distribuida” (distributed personhood) resulta esclarecedora al referirse a
seres, objetos o lugares que distribuyen su agencia a través de múltiples otros
para hacerse efectivos en la vida cotidiana; o la propuesta de Di Salvia (2020)
de considerar factores sustanciales y corporales, como la subjetividad física o
actitudinal de los seres humanos y no-humanos, una complementación importante,
incluso necesaria, de la agencia y vida social. Volviendo a De Munter, la cosmopraxis
andina no es una “visión de mundo” (Weltanschauung), que aún mantiene la
separación sujeto-objeto, sino un “saber-hacer” en y con el mundo. En este
sentido, destacar la importancia de las prácticas rituales y cotidianas como lugar
donde se genera o expresa la relacionalidad, pero también la agencia de los
seres, permite pensarla como algo más que una particularidad que algunos
humanos y no-humanos poseen, y considerarla parte de un conjunto más amplio de
fuerzas, probablemente muy diversas, que elaboran el mundo continuamente.
En suma, la
pregunta filosófica clave ya no es ¿qué es el ser? (una pregunta
sustancialista), sino “¿cómo se compone y se despliega la vida?”. Esta pregunta
nos sitúa en un plano inmanente, donde lo humano es un nudo particular de
relaciones, un modo específico de plegar el mundo, pero ni el único ni
necesariamente el más importante.
Ética y política después del excepcionalismo humano
Si la
ontología cambia, la ética no puede permanecer intacta. La ética tradicional,
desde Kant, se ha basado en la noción de persona como ser racional y autónomo,
dotado de dignidad. Los no-humanos, al carecer de estas capacidades, quedaban
relegados al estatuto de cosas, mereciendo a lo sumo una consideración
indirecta o un trato compasivo. El rebasamiento antropocéntrico exige una ética
multiespecie, la cual no se funda en la igualdad de derechos (una extensión del
marco jurídico liberal) sino en el reconocimiento de la agencialidad y la
reciprocidad. Por ejemplo, la corpachada en este trabajo documentada, no
es un simple ritual “cultural”. Es un acto ético-político de primer orden: un
pacto de reciprocidad con la Pacha. Es dar de comer a la Tierra
porque la Tierra nos da de comer. Es un reconocimiento de que la vida humana
depende de flujos de generosidad no humana que deben ser correspondidos. Es una
práctica que instituye un común más-que-humano.
Filosóficamente,
esto se conecta con la ética del cuidado, pero ampliada más allá de lo
interpersonal. El cuidado deviene una obligación hacia los ensamblajes de los
que formamos parte: los ríos, las montañas, los cultivos, los animales de
corral. La justicia ya no es solo una virtud social, sino una virtud ecológica:
la capacidad de mantener las condiciones de florecimiento de la trama de la
vida en su conjunto. Una ética multiespecie, radicalmente posantropocéntrica,
no se funda en extender derechos a los no-humanos —gesto que aún perpetúa al
humano como sujeto legislador— sino en reconocer que ya estamos inmersos en un
tejido ético previo a toda legislación. Esta ética emerge de la comprensión de
que la vida es una trama de reciprocidad obligante. No es que “debamos” ser
recíprocos por imperativo categórico, sino que la existencia misma es un
intercambio constante de energía, materia y atención. La corpachada no
simboliza este intercambio; lo realiza performativamente. La ética, entonces,
deviene en la capacidad de respuesta a los flujos de generosidad del mundo.
Esta
capacidad de respuesta se ejerce en la atención cotidiana a las necesidades y
agencialidades de los otros con quienes componemos el mundo. Es una ética
encarnada y situada, que se practica en el acto de caminar el thakhi sin
dañar los senderos de otros seres, en el saber cuándo y cómo extraer un recurso
para no quebrar el ciclo del que formamos parte, en escuchar lo que la planta o
el animal dicen a través de sus comportamientos y ciclos. La virtud central ya
no es la autonomía kantiana, sino la hospitalidad cósmica: la habilidad de
acoger y ser acogido, de dar y recibir, en una dinámica que no anula las
diferencias (a veces predatorias) pero sí las inscribe en un orden de cuidado
mutuo más amplio. Es una ética del “devenir-con”, donde el bien no es un
atributo humano, sino la cualidad vibrante y resiliente de la red de la vida en
su conjunto.
La política,
a su vez, debe ser repensada. La democracia representativa, centrada en el
sujeto humano individual, es insuficiente. El desafío es imaginar formas de
comunidad política multiespecie, donde las voces (o más bien, las
agencialidades) de los no-humanos sean tenidas en cuenta, no mediante la
representación parlante, sino a través de prácticas institucionales, rituales y
legales que traduzcan sus necesidades y modos de existir.
Este es, a
nuestro entender, un aporte fundamental de la concepción perspectivista, cuando
plantea que debemos entender a la cosmopolítica como una filosofía política
indígena del canibalismo, que versa sobre la multiplicidad de perspectivas
inherentes a lo real. En este sentido, la cosmopolítica describe el conflicto
inherente a un universo habitado por distintos tipos de agentes subjetivos,
humanos y no humanos – dioses, animales, muertos, plantas, fenómenos
meteorológicos, etc. – dotados todos de un mismo conjunto general de
disposiciones perceptivas y cognitivas –son personas, centros de
intencionalidad –, o dicho de otro modo, “almas” semejantes (Viveiros de
Castro, 2010).
Ilustración 3 Caminata de Mujeres en Defensa
de la Pachamama, sobre Ruta Nacional N°9, comunidades de Rodeo de La
Puna, Laguna de Pozuelos. En el trayecto, denuncian la crisis de hábitat
producto del impacto que tiene la megaminería y el extractivismo sobre el medio
ambiente y los habitantes del territorio (Jujuy, agosto de 2025).
La política
multiespecie implica una redefinición total de lo comunitario y de los
mecanismos de toma de decisiones. Supera la noción de que lo político es un
espacio exclusivamente humano para reconocer que lo común es una co-composición
de agencias humanas y no-humanas. El desafío no es representar a los no-humanos
en un parlamento —lo que sería una nueva forma de ventriloquía— sino crear
instituciones y procedimientos sensibles a sus modos de expresión e intereses.
Esto implica diseñar una política de la traducción, donde las necesidades de un
río (su fluir, su limpieza, su caudal) sean traducidas en normativas a través
de prácticas rituales, indicadores ecológicos y conocimientos tradicionales que
funcionen como intérpretes de su agencialidad. En este sentido, surgen algunos
interrogantes: ¿Es posible reconstruir un modo de hacer política propio
de los pueblos amerindios que nos permita imaginar formas alternativas
(“otras”) de pensar-vivir las relaciones sociales y políticas dentro de nuestra
América Latina?; y ¿cómo abordar estos problemas desde una crítica
latinoamericana al pensamiento eurocéntrico hegemónico?
La
perspectiva de una ética desde dentro de Gaia y como parte de ella,
configura un nuevo paradigma, no se trata de proteger especies y recursos
críticos, sino de reconocer obligaciones éticas respecto de ellos[6], que se
derivan de la circunstancia de participar conjuntamente en un todo vivo, de
cuya salud dependemos todos, humanos y no-humanos. En este sentido y no exenta
de contradicciones, se instaura una cosmopolítica emergente que pretende
reconstruir la armonía y el equilibrio de la vida, como respuesta a las
prácticas extractivistas más crueles, destructivas y depredatorias del
capitalismo transnacional actual. Por otro lado, el reconocimiento de derechos
territoriales, de autonomía y autodeterminación de los pueblos indígenas
también redunda en prácticas del cuidado y la preservación de no-humanos con
los que éstos con-viven en procesos de crianza mutua. En nuestra región,
la comunión con la Pachamama es una praxis ampliamente extendida, que ha
permitido que el ochenta por ciento de la biodiversidad se encuentre en
territorios indígenas (Nina Pacari, 2009).
Según estas
perspectivas que recuperamos, la gobernanza devendría entonces en una
diplomacia continua entre especies y fuerzas. Un plan de ordenamiento
territorial, por ejemplo, no debería ser decidido solo por votación humana,
sino que debería "consultar" y responder a los ciclos de la fauna y
la flora, la vocación del suelo y los flujos hidrológicos.
Como señalan
actualmente las mujeres indígenas de la puna jujeña, al realizar su caminata
en defensa de Pachamama, como una acción colectiva de visibilización y
denuncia, en palabras de Florencia Solís, referente comunera de la Cuenca de
Pozuelos:
Profanan la tierra, trayendo mineras extractivistas, el
capitalismo asesino que saquea nuestros recursos naturales, y esta caminata fue
solo de mujeres porque la Pachamama está relacionada con la mujer
porque es fértil. Tenemos el deber de cuidarla, protegerla, respetarla y que se
garanticen nuestros derechos, los derechos de las comunidades. (Mamaní, 2025).
La política
multiespecie es, en esencia, la práctica de componer un mundo en común de
manera explícita y deliberada, abandonando la ficción de que el mundo es un
escenario pasivo para el drama humano y asumiendo que somos co-protagonistas en
una asamblea de seres vivos y fuerzas materiales con derecho a co-existir y a
florecer.
Conclusiones
Recuperar la
pregunta ¿podemos entonces devenir en otros modos, pensando lo que hoy se
postula dentro de los campos de la complejidad y la interdisciplina que implica
una visión más abarcativa de lo humano y su entorno, no exclusivamente
dualista?
Como
señalamos al inicio del trabajo, son precisamente las producciones de
dominación en nombre de la humanidad, habilitadas desde las prescripciones
normativas de lo Humano, las que llevan a trabajar la descontrucción de
la categoría, hacia el sostenimiento de una figura humana “desapropiada”, sin
contenido específico y con confines difusos, lo humano se amplia y se difumina.
Si ser humano ha significado ser dueño, señor, propietario de todo lo demás (lo
no-humano pero también otros humanos), es necesario desconstruir el concepto
para pensar otros modos de ser-en-el-mundo donde los vínculos con la comunidad
de lo viviente (Pachamama, Gaia, etc.) sean diferentes al involucrar su respeto
y evitar su sufrimiento. Siguiendo esta línea de reflexión, el posthumanismo
aparece como la condición histórica que marca el fin de la oposición entre
humanismo y antihumanismo, que designa un contexto discursivo diferente al
mirar de modo más propositivo a nuevas alternativas. Como señala Braidotti:
La perspectiva posthumana se basa en la hipótesis histórica de
la decadencia del humanismo, pero va también más allá para explorar nuevas
alternativas, sin por eso recaer en la retórica antihumanista de la crisis del
Hombre (2018, p.51)
Ello en el
entendimiento de que abandonar el humanismo no resulta suficiente para alejarse
de proyectos opresivos, toda vez que el antihumanismo puede desampararnos de
lineamientos para afirmar políticas reivindicativas del ejercicio de la
libertad.
En otro
sentido, si tenemos en cuenta que las investigaciones científicas actuales dan
cuenta que “la naturaleza no procesa, en absoluto, en términos rígidos,
centralizados y verticales, sino, por el contrario, en paralelo, de forma
distribuida, en modos multinivel y de forma no-local (esto es, notablemente, en
acuerdo con la física cuántica)” (Maldonado, 2016, p. 296), la naturalización
del conocimiento significaría un estudio y comprensión de cómo los sistemas
naturales piensan y viven. Es decir, las ciencias actuales (esto es,
etnobiología, etnoecología) han visto la necesidad de conocer mejor los saberes
locales y tradicionales puesto que culturas ancestrales, indígenas, negros
raizales y poblaciones campesinas contaban ya con estos sistemas de
conocimiento y comprensión de comportamientos. La ciencia (desde los mamíferos,
las plantas, las bacterias) ha dado evidencia de otras formas de vida que
piensan (Reeves et al., 2009). A la constatación de que el ser humano no es ni
mucho menos biológicamente autónomo, hay que añadir las relaciones que mantiene
con objetos de muy diferente naturaleza. El término Ontología plana se usa en
ocasiones como equivalente de posantropocentrismo, pues alude al hecho de
querer evitar posiciones jerárquicas que privilegien al ser humano, una idea
implicada también en los nuevos materialismos, donde la materialidad tiende a
la horizontalidad de las relaciones entre humanos, biota y abiota lo que
implica una mayor apreciación de las complejas interrelaciones entre humanos y
no humanos, en una heterogénea biósfera de evolución constituida por un ensamblaje
endosimbiótico entre bacterias, animales, plantas y otros (Martí, 2022, p. 37).
Pues bien,
las reflexiones surgidas desde la antropología filosófica, la ética, la
filosofía de la biología, la filosofía de la ciencia, la filosofía
latinoamericana, la ontología, etc., han decido dar lugar a esta realidad en el
corazón de sus investigaciones y cuestionamientos. Este rebasamiento de lo
humano tal vez sea el camino necesario para promover sociedades más armónicas,
justas e inclusivas en esta nueva era.
La reflexión
filosófica que hemos desplegado conduce a una conclusión humilde y a la vez
transformadora: el humano no es el sujeto del conocimiento, sino un momento del
mundo que se conoce a sí mismo. El “pensar” no nos pertenece. Como muestran las
citas de Maldonado, el río piensa, la selva piensa, la planta piensa. Nosotros
participamos de ese pensar cósmico cuando aprendemos a caminar el thakhi,
cuando leemos la coca, cuando challamos con chuya. La filosofía, entonces, debe
abandonar su pretensión de fundamento último y de tribunal de la razón. Su
nueva tarea es la de un aprendizaje agradecido, como sugiere De Munter. Un
aprendizaje que consiste en cultivar la atención, en afinar nuestra capacidad
de corresponder con el mundo, en traducir entre perspectivas, en tejer relatos
que nos re-ensamblen con lo que habíamos excluido como mera naturaleza.
Rebasar el
antropocentrismo no es un acto de auto-aniquilación, sino de ampliación ecófila
de lo que podemos ser. Es entender que nuestra humanidad no se agota en la figura
del Homo sapiens, sino que se despliega en la medida en que aprendemos a
ser co-componedores de un mundo que nunca nos perteneció, pero del cual somos
parte constitutiva y responsable. En esta era del Antropoceno, este
devenir-otro no es una opción, sino la condición misma para una existencia
futura, más justa y más viviente, en este planeta que compartimos y co-creamos
con una miríada de otros seres.
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Aires, 2017].
[1] “Numerosos pueblos del Nuevo Mundo (verosímilmente todos) comparten
una concepción según la cual el mundo está compuesto por una multiplicidad de
puntos de vista: todos los existentes son centros de intencionalidad, que
aprehenden a los otros existentes según sus respectivas características y
capacidades” (Viveiros de Castro, 2010 p.33).
[2] Que suele mal traducirse como “corazón”. En el diccionario de Laime
se mencionan ambas traducciones, la segunda como un sentido figurado: “1. Bofe,
órgano principal de respiración. 2. Fig. corazón.” (Laime 2020, p. 63).
[3] Corpachada, ceremonia propiciatoria que consiste en rendir
homenaje y ofrendar (dar de comer y de beber) a Pachamama o a la
Madre Tierra. Es el momento en el cual se refuerzan los vínculos de reciprocidad
con la pacha, y se realiza durante el mes de agosto porque es cuando la
tierra descansa y se prepara para la siembra. En Queta se corpachan (en
el lapso de un día o dos) todas las viviendas, puestos, y los lugares más
importantes de cada familia (aguadas, corrales, rastrojos).
[4] En el diccionario de Laime dos acepciones: 1 Camino, lugar por
donde se transita. Vía, ruta y, 2 Tradiciones y costumbres que se practican en
una comunidad. Derecho consuetudinario. (Laime 2020, p. 238)
[5] Ch´allar o chayar, convidar con bebida. Una ch’alla es,
fundamentalmente, una libación que incluye el derramamiento parcial (haciendo
caer con una ligera aspersión con los dedos) de un líquido sobre (o hacia) un
altar sagrado u otra divinidad. La
bebida es un tipo de ofrenda.
[6] No obstante las críticas señaladas anteriormente, es importante
destacar los avances en materia de reconocimiento jurídico-estatal que se han
producido en algunos países andinos (con algunas limitaciones y debates
pendientes) en los que dentro de la afirmación de derechos colectivos se llega
a la proclamación de los derechos de la naturaleza (Pacha Mama) como continente
de los demás derechos. Como señala M. Bailone (2012), estos avances
conquistados por las nuevas constituciones de Bolivia (en el Estado Plurinacional)
y de la Revolución Ciudadana Ecuatoriana, parten de un paradigma diverso al del
constitucionalismo liberal antropocentrista, que siempre privilegió al
individuo como único sujeto de derechos y obligaciones.
